– Pues yo ya estoy harta del Gran Hermano ese, que todo lo ve y todo lo controla. Estoy harta de estar atrapada en esa maquinaria infernal a la que nos somete diariamente el Estado moderno.

                – Cuánta razón tienes. ¿Te vas a acabar las cocretas?

                -Esa es otra. ¿Sabes que no es nada bueno comer tantos fritos? Dicen que da cáncer.

                -Ya estamos. ¿Quién lo dice? ¿El establismen médico internacional? Esos están todos vendidos a las multinacionales de la fruta y la verdura.

                -¿En serio?

                – Lo que yo te diga. Lo sé de buena tinta.

                – Pues a mí, la verdad es que lo que no me importaría es que un Gran Hermano me organizara un poco las comidas si a cambio consiguiera la regularidad.

                – ¿Te refieres a…?

                – Al tránsito intestinal, sí. Me encantaría funcionar como una máquina, como un reloj.

                -Hija, qué vulgaridad. ¿Tú no sabes que en la mesa no hay que hablar de caca, de política ni de operaciones?

-Ya, ya. Pero no me digas. Eso sí que es un misterio. ¿Hay algo más bonito que un ojete que se abre y se cierra con regularidad? Hay gente que se lo blanquea y se lo tatúa. Y digo yo que, ya puestos, ¿por qué no aplicar rímel, e incluso sombra de ojos? Pestañas postizas, lentillas verdes o azules. Ya sabes, para esos momentos íntimos….

-Esta cita no está funcionando. Puto algoritmo.

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