Mañana tengo que hacer macarrones porque es viernes, y mi madre los hacía todos los viernes como plato estrella. Siempre estaban bien cocidos, nada dorados, con tomate fresco y un chorro de aceite que pedía a los vecinos, como tantas otras cosas. Con diez años, recorría en bicicleta el pasillo de la casa corrala. Llegaba hasta el final, la puerta de Antonia, contra la que chocaba. Nunca abría y mi madre, a quien llamaba “la soltera”, jamás me regañó. Algunas tardes, dando un paseo, nos cruzábamos con esa vecina, tenía la cara llena de costras, siempre nos gritaba lo mismo: “hace seis meses de aquello y no se me olvida”.
De vez en cuando, mi mamá escribía en una máquina Olivetti de segunda mano. Susurraba que eran cartas para el Estado, aunque se quejaba de no recibir contestación. Entonces se ponía a escuchar discos para relajarse.
Un viernes mi madre desapareció.
El sábado pregunté a aquel señor que nos visitaba de vez en cuando y me contestó que ya no volvería, que lo había dejado escrito en un folio, el cual nunca descubrí, y que era necesario recoger mis cosas para mudarme a un sitio más grande; orfanato lo llamó. El primer día en ese lugar, unas monjas me contaron que se harían cargo de mí, porque la nueva hermana, mi madre, no iba a tener tiempo. Por lo visto era muy religiosa y leía la biblia todas las noches. Las religiosas me observaban en todo momento, protegiéndome, y nunca recibí visitas de nadie.
Años después, cuando me marché, una de ellas me enseñó el papel que dejó escrito mi ausente madre. Decía “ten cuidado con la herida, la herida de la sangre».