Hacía días que las llaves de aquella casa le temblaban en el bolsillo. Días en los que sólo se atrevía a recorrer el perímetro de la vivienda, incapaz de cruzar el umbral. Si aquella casa no hubiera salido en todas las cadenas… Si la policía no hubiera acordonado la zona… Si los vecinos no se hubieran concentrado con pancartas… Entonces, el tintineo de las llaves sonaría feliz y su presencia en el barrio no estaría despertando ciertas suspicacias.
Hacía días que los vecinos le observaban merodear por los alrededores. De vez en cuando le veían detenerse frente a la casa de doña Paquita y permanecer allí durante un buen rato. Miraba casi absorto las pintadas y dibujos que durante semanas habían salido por televisión. Seguramente habría leído más de cien veces la frase que presidía el balcón principal: “¿No os da vergüenza echar a la gente de sus casas?”. Aquella frase, pintada en rojo sobre una sábana roída, tenía varios destinatarios, pero solo uno de ellos recorría ahora el barrio como un bulto sospechoso.
A pesar de que su rostro nunca llegara a aparecer en las noticias, hacía días que algunos comerciantes de la zona ya lo habían identificado. Le recordaban con pantalón corto y chaleco. Buen hijo, buen estudiante, buen seminarista hasta que se hizo buen abogado.
Plantado frente a la antigua casa familiar, se dispuso a oficiar la ceremonia que había imaginado durante los últimos días. Sacó del maletín unos guantes negros, un bote de pintura en spray y se dirigió al único trozo de fachada que permanecía limpio, libre de indignación tatuada en la piel de aquella vivienda.
Bajo la curiosa mirada de algunos vecinos, trazó el símbolo que mayor odio podía arrojarse sobre sí mismo. Una esvástica. Una cruz con brazos doblados en ángulo recto que paradójicamente en otras culturas significa ‘suerte’.