Paso cada mañana delante de ella, cada tarde la miro de reojo. Es una pared apática, sin palabras, aún sin color. Sus límites, tristes como ella, son: un escaparate de cristal casi opaco, el suelo sombrío y el vacío. La miro a la ida y a la vuelta. No entiendo qué me pasa ni lo pretendo, pero lo cierto es que cada día me a atrae más y más ese metro de rincón que claramente me pide ayuda, que reclama los colores. Y llego a casa, saco mis espray de pinturas, el verde, el azul turquesa y el amarillo. Con cualquiera de ellos se consolaría.
Pero dejo pasar la primavera, el verde reciente de las hojas de los a árboles y los colores de los vestidos me distraen y apenas si le dedico alguna mirada. Desfila también el otoño con los amarillos y rojos tirados por las aceras. Tampoco me siento con la obligación de acallar su llamada.
Hoy, tres de diciembre, con las calles inundadas de abrigos negros, marrones y grises, con las ramas de los arboles desarropadas, he decidido que ya ha llegado el momento de que ese trocito de esquina recupere la vida merecida. Me he puesto el traje para las ocasiones especiales. He sacado de mi cartera negra el primer espray de pinturas, después la geometría de mis pensamientos. El azul turquesa predomina sobre un fondo rojo. Un círculo verde lo rodea. Me siento magnánimo.