Tap. Tap. Tap.

 

Sus dedos golpeaban distraídamente el tablero de la mesa.

 

Tap. Tap. Tap.

 

Sabía que pronto llegaría su jefe exigiéndole nuevos plazos de entrega, dándole expedientes que leer o alguna otra tarea que hacer solo para quitarle tiempo. Para mantenerlo ocupado.

 

Tap. Tap. Tap.

 

Las palabras burbujeaban en su interior. Querían ser escuchadas. Gritadas.

 

Tap. Tap. Tap.

 

Estaba cansado. Cansado de tantas sonrisas falsas y corbatas como collarines. Cansado de obedecer.

 

Tap. Tap…

 

Se levantó, cogió su maletín y salió por la puerta. Enfiló la calle con la certeza de que era libre, de que podría hacer cuanto quisiera. Y, allí, junto a la pared, la vio. Una simple lata de pintura. Sonrió.

 

Tap.

 

A la mañana siguiente, su jefe descubrió su renuncia pintada en la pared.

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