Mientras caminaba en esta tarde fría de invierno, me sobresaltó ver la imagen de un hombre con aspecto de ejecutivo, que se disponía a realizar la pintura de un grafiti, en una pared cercana al paseo, por el que transitaba todas las tardes. Siempre la misma rutina, el mismo recorrido, los mismos gritos de los niños que correteaban a la salida del colegio, el olor a castañas asadas, con ese sabor entre dulce y amargo que se instala en el paladar y que pervive durante minutos, pero que yo lo mezclaba con las lágrimas del recuerdo y con los pensamientos de dolor que invadían mi mente y me devolvían las imágenes de tiempos pasados.

 

Allí estaba yo, vestida con la misma ropa luctuosa, mi abrigo negro, mi bufanda al cuello, para sentir el estrangulamiento de la pena, con la mirada perdida en el pasado, entre el ruido ensordecedor de la calle y el devenir de la gente, intentando sortear con languidez a los viandantes que se cruzaban en mi camino y que no permitían que pudiera arrastrarme y dejarme sentir en mis pasos…. Por eso, no sé cómo pude reparar en ese hombre, de aspecto elegante, con su cartera en la mano y tampoco sabré lo que hizo que mi mente se detuviese un instante para comprobar cada uno de sus movimientos, lentos y precisos como si se tratase de un pincel armonioso que va dibujando con trazos firmes el lienzo. Entonces, el tiempo se detuvo, mi mirada parecía absorta y congelada ante lo que estaba viendo, de su mano salía un laberinto de imágenes, imprecisas, que se iban envolviendo unas a las otras, como orugas y gusanos dentro de una caja, dejando un rastro baboso, revulsivo, que me produjo una arcada y deseos de vomitar ante el espectáculo que creía estar contemplando, que no era otra cosa que mí vida, de la que formaba parte mí existencia y que como una señal, se me exigía, que saliera del caos en el que había estado inmersa en estos últimos meses.

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