Tiempo antes de venir a Madrid ya patrullaba destartalado las calles de Badajoz. Sin rumbo definido vagaba por la Plaza Alta, chancleteando torpemente por los adoquines, y esquivando como podía algún que otro casco de cerveza huérfano de contenido. Hace 40 años Serafín Salazar era el gitano más moreno, guapo y garboso que hubiera parido la provincia. Mucho vino después no quedaba de su altanera hechura ni el menor asomo.
Yurena Salazar Vargas, nieta del susodicho, cansada ya de las indirectas telefónicas de su prima Maria Débora, decidió ese lunes, cerrando firmemente el rosado Iphone, que el abuelo se vendría para Vallecas pero ya, por la gloria de su madre, y, para dar más valía al asunto, besó la cruz hecha con sus dedos, donde relucía la manicura perlada que tanto le gustaba al Jonathan.
Mientras lo montaban en el BMW, Serafín echó una mirada atrás, sabedor de su definitivo exilio; retuvo en su retina todo lo que pudo, para degustarlo suavemente cuando posara pies y alpargatas en su nueva casa. Lo último que vio fue el desvencijado reloj que coronaba la fachada del ayuntamiento, y se sintió como él, roto, desarmado y viejo, pero, al fin y al cabo, con mucha historia en sus tripas.