El hombre de los zapatos caros da otra calada y tira el cigarrillo al suelo. Luego, con voz impostada, dice: “Muñeca, tengo a otra. Ya no me haces falta.” Muñeca cuelga de la azotea de un edificio y el hombre de los zapatos caros pisa su mano. Pisa su mano tan fuerte que se diría que muñeca tendría que haber caído ya al vacío. Pero muñeca no es como las demás mujeres, no. Muñeca es hinchable y es justo cuando el hombre levanta el pie y repite lo de “tengo a otra, ya no me haces falta”, que muñeca sale volando por los aires. Desciende flotando suavemente y, desde arriba, el hombre de los zapatos caros la ve alejarse mientras se ajusta el sombrero.

 

Cuando ya la ha perdido de vista, el hombre abre el paquete que hay a sus pies. Después de hinchar su contenido, enciende otro cigarro y luego, con voz impostada, dice: “Muñeca, no hace falta que te enamores de mí. Lo nuestro no va a durar eternamente.”

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