El joven hundió su cabeza entre sus manos. Séis chupitos de tequila, cuatro copas de vodka limón, un gramo de cocaína.

“Menuda noche” Respiró profundamente, nauseabundo “el puto bajón de la coca…”

Levantó la cabeza peleando contra la gravedad. Le costaba enfocar la vista y el mundo a su alrededor daba vueltas. Observó la fotografía que tenía enfrente.

“No recordaba que estuviera en blanco y negro”

Miró de lado a lado de la estación. Se puso en pié con un movimiento espasmódico. Se miró las manos, grises; su sudadera, otrora color granate, casi negra; sus zapatos seguían siendo tan blancos como siempre, pero el logo de Nike era gris oscuro. Las manos y la sudadera y las zapatillas: una monocromía insípida. Estaba solo en el andén. Los dígitos naranjas, es decir, grises, de la pantalla vaticinaban la llegada de un tren en dos minutos.

“Habrá gente dentro, alguien sabrá lo que está pasando”

Golpeó los botones en las puertas del vagón, iluminando en gris lo que debiera haber iluminado en verde, y entró a trompicones sin dejar que las puertas se abrieran del todo. Hiperventilaba en el centro del vagón con los ojos medio salidos de sus cuencas moviéndose maníacos. El viejo borracho que dormitaba con la boca abierta no reparó en él, pero dos negros interrumpieron su conversación, volteándose para mirarle.

“¿Qué pasa amigo?”

“¿Es que acaso no veis lo que yo veo? ¿en lo que se ha convertido el mundo?” Pero nadie escuchó sus palabras.

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