(Homenaje a mi querido amigo Luis Segura)
Cuando vino a España, sin papeles, Luis Fernando Mendoza, pensó que la fiebre del Dorado que había llevado a sus antepasados a querer apropiarse de los tesoros colombianos, le devolverían a él como tributo, la tranquilidad que no encontraba en su tierra natal.
Nunca sospechó, cuando atravesó el océano, que encontraría un país azotado por una crisis económica, y con inciertas previsiones de futuro.
No se amilanó, luchó malviviendo con trabajos precarios, soportó la xenofobia del emigrante e incluso se permitió rehuir la tentación de los kárteles de la mafia que lo acechaban por doquier, prometiendo sacarle de la situación de pobreza en la que se encontraba.
Sólo la esperanza y el tesón para seguir luchando, fueron sus únicas armas para combatir una vida que le daba la espalda.
Pasaron los años, los recuerdos se fueron alejando de su mente, al mismo tiempo que la costumbre y los hábitos se fueron instalando en una vida más próspera. De vez en cuando, miraba las fotos de sus hijos, sin detenerse en detalles, mientras acariciaba la caja que contenía los escasos recuerdos, que había traído consigo, y que aún conservaba, con nostalgia.
Hoy era un día, como otro cualquiera, camino del trabajo, en un rincón del metro, escuchó una melodía que le sonó familiar, se sentó en un banco del andén con la mirada perdida y se llevó las manos a la cara para ocultar las lágrimas, éstas que no pudo derramar cuando llegó, por no tener tiempo de pararse a sentir el pasado. Ahora, sabía que ya nunca iba a regresar.