El tiempo no existe. Existe la materia que cambia irreversiblemente de posición como reacción ante inevitables diferencias de energía. El tiempo no existe…. sólo un constante ir y venir de partículas, iones que atraviesan membranas celulares, electrones que saltan de uno a otro orbital, atraídos y repelidos por unos pequeños y potentes núcleos atómicos…
Hoy pude verlo cuando regresé a mi ciudad de la infancia. Poco a poco, el polvo había ido cayendo por gravedad, adhiriéndose a las superficies y generando un aumento general del volumen… Los edificios habían ido degradándose, abandonados a la suerte de la erosión y de la atracción de la tierra. Unos árboles habían crecido, entregados a una ósmosis radical, y otros se habían secado, entregados a la succión inevitable a que les somete la atmósfera… Y, por fin, nosotros…. Nosotros habíamos envejecido inevitablemente, abandonados a la suerte de una oxidación feroz que nos lleva, poco a poco, hacia la muerte….
Mientras paseaba por sus calles, me asaltaban los recuerdos, salpicados por cada uno de los recovecos urbanos… Recuerdos que, ordenados, me hacían creer en la existencia de una línea de tiempo… Una línea de tiempo de la que se agarraban, como podían, mis amigos de la adolescencia y mis primeros besos… Momentos recónditos y enganchados a todos los escondites que alcanzaba a recordar… Quise abarcar con mis brazos toda la enmarañada línea de tiempo, tan desagradablemente irreversible… Tan jodidamente unidireccional.