Hacía calor, desde mi balcón se sentía el sopor tórrido de las tardes de verano, cansinas, extenuantes, lánguidas…. Las aburridas horas se acortaban mirando a través de los cristales, a pesar de que siempre fuera el mismo ángulo, la misma perspectiva, donde lo había dejado la tarde anterior, entre mis visillos, amarillentos, por el tiempo y la dejadez, tan viejos como yo, pero tan perennes al paso del tiempo, que parecían que ambos hubiésemos salido del mismo retrato de color sepia.
Mi único refugio era mi pequeño cuarto de estar con mi butaca tapizada de flores y mi cojín almohadillado, que a veces, abrazaba con ternura, como si acariciase de nuevo mi lejana infancia de sueños y recuerdos.
Hoy era miércoles, lo sabía porque iba tachando escrupulosamente cada día que pasaba, – así me había enseñado Elisa, mi nieta, para que no perdiese el sentido del tiempo, que es el mismo que el de la vida,- me dijo una vez que me puse a llorar desconsoladamente por no acordarme de mi nombre….
Hoy la esperaba con anhelo, y con ese deseo de sentirme guapa, me coloque en el cabello una cinta de color azul que anude firmemente a mi cabeza con un lazo, pellizque mis pómulos y pinté mis ajados labios de un color rosado, mientras me miraba al espejo y éste me devolvía la imagen de la mujer que un día fui…
Hoy, la vi desde mi balcón, íbamos a jugar, como antes, como siempre, entre mis visillos…