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Todo comenzó hace tres años en la consulta de neuropsiquiatría del Doctor Gelabert.

– Su madre ¿vive sola? -inquirió el galeno.

– Sí. Enviudó joven -repuse

– Verá. Su madre deberá estar bajo la tutela de algún familiar próximo.

– Soy su único familiar cercano.

– Entiendo. Los pacientes con síndrome de Poniaroff presentan una evolución difícil de prever, pero en la mayoría de los casos sufren una regresión del proceso cognitivo que…

– Espere ¿Qué quiere Usted decir?

– Imagine que el reloj biológico de su madre se ha averiado y sus manecillas avanzan en sentido contrario respondió el galeno.

El silencio se hizo espeso en la consulta. Mi corazón dió un vuelco dejando el eco de una punzada de dolor en un costado.

– Entonces… -dije con voz quebrada.

– Usted tiene una hija adolescente. ¿Es cierto?

– Quince años, supongo que sí -contesté.

El doctor entornó los ojos y quitándose las gafas, me dijo:

– Es cuestión de tiempo, pero su madre acabará teniendo los mismos problemas que tienen todos los adolescentes del mundo.

* * *

Vuelvo a casa del trabajo. Beso a mi esposa y telefoneo a mi hija. Subo al piso de arriba, a la habitación que habilitamos para mi madre. Esta vacía y apesta a marihuana. Abro la ventana para ventilarla. En la mesilla de noche reposan un ejemplar de Bukovsky y un objeto desconocido. Una especie de termómetro digital. Lo recojo y observo la minúscula pantalla: PREGNANT.

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