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Me había invitado a pasar una temporada al otro lado del mundo. Cuando llegué, me llevó a pasear por un parque salpicado de frondoso verano. En el mirador de lo más alto del parque, nos atrapó la melancolía solitaria de unas guitarras. Entonces, lo supe, sentado en los peldaños de una escalinata, mirando la línea de rascacielos: su invitación tenía un objetivo. Lo nuestro no podría ser.

 

Cada noche, desde entonces, cabalgábamos sin descanso como si no hubiera un mañana… Y, cada día, desencantado, volvía a invadirme el frío de su distancia.

 

Una tarde de otoño, cuando la bruma se apoderaba de la ciudad y el parque debía estar gris y congelado, se acercó a mí, fría, pálida y distante. Levantó su mano para mostrarme la prueba de su embarazo. Y, entonces, entendí.

 

Creo que me desmayé. El fruto del desamor se desarrollaba en su vientre y, en los próximos días, me enviaría de nuevo a mi lado del mundo… como si todo aquello nunca le hubiera importado…

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