Esta mañana hicimos el traspaso. Llevé al niño a la casa de campo en que Marcos vive con su perfecta nueva esposa. Marcos había salido, así que tuve que hacer el trámite a solas con ella, que me esperaba con una enorme sonrisa. Salí del coche, la saludé con cortesía y le entregué al niño. Me invitó a un café pero yo tenía prisa.
No me sorprendió que fuera una bella mujer. En verdad, ya no me importaba, porque yo, por fin, tenía una misión. No me pareció la típica mujer que regala armas a un niño de diez años, por mucho que sean de agua o de juguete, pero tampoco había que dejarse llevar por las apariencias. Al fin y al cabo, yo tampoco parezco la típica mujer que a veces soy.
Le di un beso a mi hijo y regresé a la ciudad. Era temprano y todavía no habían llegado los niños a la plaza de los columpios. Encendí una hoguera y ahí, una tras otra, fui quemando todas las armas que la mujer perfecta le había ido regalando a mi hijo en el último año. Se generó una humareda negra y desagradable que no me esperaba. Seguí quemando los asquerosos juguetes mientras, poco a poco, se iban acercando unos curiosos que no comprendían la importancia de mis actos. Antes del medio día, ya había cumplido mi misión y descansaba, relajada, en la celda de la comisaría.