Lo miro, ahí sentado en este andén de metro. Busco una historia para este chico con pantalón de chándal. Me pregunto si espera el último metro o el primero del día siguiente. Son muchas las ficciones que podría escribir sobre él, son casi infinitas. Su postura me lleva a especular: que está dormido, que su equipo perdió el partido, que está cansado, que su chica lo ha dejado, que él ha dejado a su chica, que ama a un chico, que siente culpa, que acaba de apuñalar, ¿ y por qué no puede ser puede que alguien lo ha echado a en mala hora? También cabe la posibilidad de que Juan, así lo quiero nombrar, se tape la cara para que no se le escapen recuerdos de momentos de felicidad recién experimentados.

 

Dudo, no me atrevo con ninguna ficción. Necesito un rostro, más gestos, también unos ojos que miren hacia alguna parte, o al vacio. Sin ellos su historia me resulta confusa, simple o turbia. Faltan cabos que atar. Las posibilidades crear la fantasía de una vida son tan amplias como azarosas.

 

De nuevo lo miro y miro la flor y al esqueleto de la tortuga, son las imágenes apropiadas para el escenario esta ficción. Ellas controvierten a las emociones, representan la maraña que finalmente he imaginado que él debe sentir. Porque ahora su vida está en mis manos.

 

¿Será esto lo que sienten los dioses?

 

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