Estoy empezando a sentirme extraño, hace una hora que ya deberíamos habernos encontrado, me encuentro en el punto exacto pero vuelvo a comprobar las coordenadas. Tenemos prohibido utilizar el intercomunicador, salvo en casos muy extremos.
La situación es preocupante y empiezo a sospechar que todo va mal, que algo ha fallado, que nunca volveremos a casa, el recuerdo de mi adorada Eliezen me produce un gran pesar y por primera vez noto que se aceleran los latidos del corazón de este cuerpo que ocupé hace una semana, algo húmedo brota de los ojos, mientras una especie de nudo atenaza la garganta. Me dejo caer en el banco del andén y tapo la cara con las manos, abandonándome a la desconocida sensación.
Siento una presión en el hombro y al levantar la cabeza veo a mi comandante. El cuerpo cambia su compás interior hasta hacerse más sereno, seco la persistente humedad con el dorso de la mano.
– Comandante ¿a qué se ha debido este retraso?, pregunto aún nervioso.
– Tranquilo soldado, necesitábamos hacer un último experimento. Ya sabemos que los ojos de las hembras terrestres segregan el líquido que estábamos buscando, solo hay que someterlas a situaciones indeseables. Queríamos comprobar si los machos tienen también esa capacidad.
Será fácil exprimir a estos seres, volvemos a Alpha Centauro, hay que planear la invasión.