Antonio Malaespina es un hombre bajo, rechoncho y calvo. El pelo que le falta en la cabeza, lo tiene en un rostro de generosa barbilla. La boca carnosa y desigual está casi siempre abierta, radiando un aliento que debe llevar años encerrado en un barco pesquero.

Y la mirada de sus ojos grandes y saltones tiene el susto de quien ha sido arrojado al presente sin una continuidad previa.

 

Antonio es “el manitas para los trabajos menores en la catedral de Santiago.

 

El abad es un hombre instruido, con un gusto exquisito por las antigüedades.

Tiene especial predilección por los relojes con carrillón, cosa que lleva en secreto por aquello de no levantar suspicacias acerca de su posible apego a los bienes materiales.

 

Su última adquisición, un reloj de gran valor propiedad de un antiguo conde veneciano.

 

Cerró el trato con el vendedor y, como siempre, pidió que se lo llevaran a la catedral a última hora de la noche para que no fuera visto.

Tras recibir el hermoso ejemplar, lo dejó en su despacho para examinarlo con la luz del día antes de llevarlo a su vivienda.

 

El manitas decidió acabar de barnizar los artesonados de los despachos esa misma noche.

Con aquella tenue luz eléctrica y el barniz siendo de tono oscuro, en apenas unos minutos le parecía que había acabado el trabajo.

Hasta que estando en cierto despacho encaramado en la escalera, perdió el equilibrio y fue a caer sobre algo que parecía un carrillón veneciano.

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