No nos parecemos en nada a las cosas que hacemos. Desde el rascacielos más alto, se pueden observar los demás edificios y comprobar que no tienen nada que ver con los humanos que los crearon. Si tenéis la oportunidad de compararlos, podréis ver que hay más complejidad en las arrugas de la frente de una persona muerta de miedo que en el entramado urbanístico de la ciudad más intrincada.
Nos resistimos a integrarnos con nuestras obras. Ni mientras nos aferramos desesperadamente a sus esquinas ni cuando atravesamos el aire que las rodea ni, menos aún, en el instante en el que nos golpeamos contra ellas (cuando, en acto de rebeldía, nuestra naturaleza se torna más orgánica y azarosa que nunca); en ningún momento, eso es algo que mi trabajo me ha enseñado, nos parecemos a las cosas que hacemos.