La sociedad es injusta, y en especial con nosotras las mujeres. A diario pisotean nuestros derechos burlándose de nuestro esfuerzo. La humanidad poco a poco evoluciona, pero para mí, no lo suficiente. Así que harta de tanto abuso, de tanta tropelía e inmoralidad, decidí poner mi granito de arena para adelantar el cambio a la igualdad. No toleraría ningún improperio, ningún atropello hacía mi persona ejecutado por cualquier desaprensivo macho alfa. El próximo pagaría con creces el despotismo contra nosotras.

 

Y en unos días llegó el momento de la venganza: Con un físico aún no desarrollado sorprendía su madura altanería y arrogancia. Desde el columpio, meciéndose, con su pistola de agua en la mano me miró. Una mirada sin respeto, humillando claramente mi condición de mujer. Saltaron todas las alarmas y apreté mis músculos esperando su acto imprudente. Se atrevió, su cualidad de hombre le obligó a faltarme al respeto y disparó. Un chorro de agua regó mi cara y mi orgullo. Su padre enseguida le regañó, pero ya era tarde. Necesitaba vengarme. No podía quedar así, otra desprecio no, por favor. Ojo por ojo y diente por diente. Pagaría por todas las ofensas. Calmada, decidida, me atavié con los enseres necesarios y esperé en el tobogán, seguramente volvería en busca de otra mujer a la que denigrar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *