“- Venid, que no os infunda respeto este humilde cuenta-cuentos. Acercaros y disfrutad del relato, no os costará mas que una pieza.- saqué la moneda del bolsillo y se la entregué al señor, aguardando con impaciencia escuchar la historia de Pierre, el célebre relojero que desafió a la Cuarta Dimensión.
– Aproximaros, no os perdáis el inicio que ya comienzo a narrar. – y entusiasmado, como cada tarde de domingo, me acomodé en las primeras filas del bar.
– El personaje del cuento habitaba un diminuto apartamento lindando con el río Sena. Y en este húmedo espacio pasaba las horas muertas ajustando, componiendo y reparando sus precisas maquinarias. Hasta aquí lo habitual, como cualquier relojero de esta hermosa ciudad. Pero un buen día, detuvo inconscientemente las agujas de un reloj, y como por arte de magia, el tiempo se congeló. Al principio, cohibido, las sujetaba unos minutos, luego, más audaz, durante horas, días, semanas, hasta años las mantuvo sin girar. Pero sabiendo que la naturaleza recupera lo cedido, esperaba, temeroso, el momento de pagar.
Y llegó. Una mañana de agosto las agujas se activaron con gran celeridad. No logró retenerlas, ni a martillazos consiguió que aminoraran. Adivinando el desastre contempló sus manos recientemente arrugadas. Se agotó el tiempo, pensó, y metiéndose en la cama, aguardó paciente al insalvable final. ”