La nota era escueta. “23:45. Azotea del edificio Aperture. Imprescindible etiqueta”.

No tenía compromisos a esa hora. Bueno, a las nueve cenaba con mis padres y no estoy seguro de si llegaría a tiempo. El ritmo de bocados por minuto de mi madre roza el ridículo. El máximo absurdo. Habla y babea mientras su comida se congela en el tenedor. Esos labios octogenarios que se deshacen como margarina agria. Como la odio.

Al menos recogí los zapatos que me puse en mi boda. Negros y lustrosos. De marca. Me encanta la punta que tienen. No me acuerdo cuanto costaron pero cuando pasé la tarjeta de crédito sentí un cuchillo en el corazón. No sería la última puñalada que me darían en los cuatro años que pasé junto a Leila. Tal como no fui la única polla que entró en ella durante ese tiempo. Hija de perra.

Hacía bastante frío. La cola no avanzaba demasiado. Al menos esos adolescentes de amarillo brillante fueron dando chocolate caliente en los típicos vasos blancos. Siempre me he preguntado por la rugosidad del corchopán. ¿Cómo la lograrán? ¿Alguien hará pruebas entre un catálogo de asperezas para conseguir la más idónea? ¿Cuántos tipos de rugosidad pueden existir en el mundo?

Al menos tras el chocolate, ya casi es mi turno. Los reflectantes me indican que pise a la que me precede. “Como cuando se empuja a alguien que hace puenting”. Es guapa. Más que Leila. Pronto estaré en el lugar de la chica guapa. Puta Leila.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *