El sol se hallaba en el cenit de uno de los días más calurosos de aquel verano del fin del mundo.

Entró y permaneció en silencio hasta que su vista se acomodó a la penumbra, tan densa que parecía enlatada.

Hola.

El viejo no dio muestras de haberla oído. Inclinado sobre su banco de trabajo, había respirado el aire de las palabras de Tatiana y las había convertido en más silencio.

Le traigo esto, dijo, y sacó un par de zapatos de una bolsa.

El viejo levantó la cabeza y enarcó las cejas, en su mirada el ascetismo de las soledades inexpugnables.

¿Y para qué quiere que le arregle unos zapatos… de fiesta? ¡Es el fin del mundo! ¡Robe otro par de cualquier sitio!, añadió, como si el mundo que acababa fuera uno, y la vieja zapatería del barrio, otro.

¡No!, protestó Tatiana. Quiero arreglar estos. Me da igual si hay más por ahí que pueda robar. Cuando todo acabe, quiero llevarlos puestos.

Lo siento, dijo el viejo, pero tengo demasiados encargos y no creo que me dé tiempo antes de…

Tatiana echó un vistazo a las estanterías, llenas de zapatos que nadie recogería ya.

Pero esos encargos son de antes de que…, empezó a decir.

Antes de que usted entrara por esa puerta, la interrumpió el viejo.

¡A nadie le importan!

¡A mí me importan!, exclamó el viejo, enjugándose el sudor de la frente con un pañuelo mientras bajaba la vista, para continuar con su trabajo.

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