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En el precipicio de los treinta y nueve, una aplicación para solteros excelentes puede salvarte la vida. Romántico, 43 años, sin hijos, informático, busco en Alcobendas. Tenía buena pinta el perfil de aquel romántico, quien sin pedir explicaciones ya declaraba su ventaja competitiva en el mercado del amor: “que soy una persona honesta, sin ex novias con traumas e independiente de mi madre”.

“¡Un mirlo blanco”, exclamé para mis adentros aquella mañana de domingo. “Una aguja en un pajar. Uno entre un millón”. Celebré el hallazgo con un segundo café que removía, mientras urdía una estrategia para quedar con aquel pájaro aún a sabiendas de que tiernamente mentía.

Imagináis cómo sigue este tipo de historias, ¿verdad? Unas cañas, unos pacharanes, un aquí te pillo aquí te mato, si te he visto no me acuerdo y te bloqueo en el Whatsapp… Pues no. Gracias a la aplicación, el mirlo blanco y yo nos casamos, creamos nuestro nido de amor y hasta nos propusieron salir en un anuncio para solteros excelentes.

Francamente, la aplicación me había defraudado. ¿No mentía aquel pájaro? ¿Era, acaso, una rara avis sin taras emocionales, con ex novias problemáticas o madres posesivas?

Pero llegó el día señalado en azul clarito. “Cariño, estoy embarazada”, le dije con el predictor en la mano. “No puede ser, no puede ser…”, cacareaba él con voz temblorosa. “Yo… yo ya he cumplido con eso… yo ya tengo…”

En aquel momento, el mirlo blanco cayó al suelo desplomado. “Cariño, despierta, cariño”. Unas suaves plumas asomaban por su cuello y una emergente cresta sobresalía ahora de su calva. Ya no quedaba lugar a dudas. Finalmente el mirlo blanco no era más que un auténtico gallina.

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