Él era escalador. Me había llevado varias veces a un muro de escalada en la zona de Brooklyn. Siempre me pareció que aquello era como bailar…. Uno buscaba el equilibrio y la armonía, el ritmo y el camino… Me guiaba con ilusión y con paciencia, feliz de haberme encontrado.

Un día de verano, nos lanzamos a la realidad. Salimos a la montaña y, entonces, me di cuenta. Uno, no sólo tenía que estar ahí, colgadito, agotado y quemado por el sol, irritado por el polvo y el sudor, al capricho de una cuerdita que lo ataba; sino que, además, tenía que atreverse a meter los dedos en los huecos de la roca con seguridad y determinación, como si no fuera a encontrarse con una lagartija o con un escorpión…. Eso era lo peor.

No pude hacerlo. Atacada por el pánico y el agotamiento muscular, descubrí que no podría alcanzar a ese Tarzán de la selva que se me escapaba de las manos, escalando de primero hacia las más altas cumbres, mientras yo, de segunda, me escurría despacito hacia el precipicio del miedo…

Después de un tiempo de bloqueo y de angustia, de no saber en qué dirección avanzar, me decidí. Invité a Tarzán de la selva a cenar a mi apartamento en Manhattan y me lié la manta a la cabeza. Tras terminar de comer el rico postre que me había preparado, salí por la ventana, dispuesta a colgarme del alféizar y a demostrarle al mundo que sí podía, que sin lagartijas y sin escorpiones, sí podía…

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