Con la cabeza gacha y los ojos tristes arrastro los pies por una calle anónima de Madrid. Bajo un Sol abrasador y un sudor que marca con su goteo el camino recorrido, siento que la vida se me derrumba sin más y se rinde ante la avasalladora fuerza de la rutina madrileña. La gente pasa a mi lado y me marea con su febril inquietud ciudadana. Yo solo tengo ganas de tumbarme en el suelo y dejarme morir, de hambre o deshidratación, de lo primero que se presente. Sé que a nadie le va a importar, que nadie se va a parar. El miedo puede más que la compasión en esta ciudad. Porque la fuerza de la imprevisibilidad convierte a los madrileños en autómatas que no quieren reaccionar ante los estímulos que les ofrece la calle. Solo importa el objetivo, no la vida en sí misma.

 

Y justo antes de caer levanto la mirada y la veo a ella. La mujer imposiblemente rubia y pálida que avanza por la calle con un arsenal de armas acuáticas como para dar un golpe de estado en cualquier guardería. Y yo me pregunto a dónde irá tan decidida, y me doy cuenta de que avanza hacia la felicidad, y decido seguirla y arriesgar mi condición física y seca solo por el placer de descubrir lo desconocido y conocerla y apostar mi felicidad a ese único número que aleatoriamente la ruleta de la vida hace pasar ante nuestros ojos cansados de sufrir.

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