Cada tarde a las 18:00 h, recoge su mesa mecánicamente, ficha a la salida, y de forma autómata avanza por Gran Vía hasta Callao. Allí, día tras día, sábados incluidos,coge la línea cinco de metro; doce paradas después se baja, caminando con sus andares robóticos hasta el apartamento en la calle Monseñor Óscar Romero.

 

Sube en ascensor a la última planta.Mientras rebusca su llave en el bolso negro de siempre, el brillo de sus ojos ya es otro. Abre la puerta y un inquietante gato parlante sale a recibirla: “Querida Alicia vendrás o no vendrás… Hoy viniste…” El extraño animal gatuno se restriega entre sus piernas ofreciéndole un segundo saludo.

 

Una oruga gigante dormita sobre la alfombra,mientras un conejo alocado corretea por el salón plagado de plantas, tazas volcadas y trozos de pastel repartidos aleatoriamente. Al fondo, apostado en el sofá modelo Bersgbo de Ikea, el sombrerero loco parlotea incesantemente y esboza un cabeceo cuando se percata de su presencia.

 

Alicia hoy está muy cansada, pasando de largo sobre la escena se dirige al cuarto. Se tumba en la cama. No consigue dormir, el estrés de la ciudad la mata, intenta relajarse pero sólo consigue levitar una y otra vez sobre la cama. Aburrida se levanta, se prepara un café y decide volver con la curiosa manada del salón. Cualquier día nos volvemos al otro lado del espejo, piensa para sí misma, después de todo Madrid no tiene tanta magia como decían…

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