Ante ella, una luz intensa, brillante.

Una mezcla de miedo e ilusión infantil la invadió.

– “Hace mucho que me olvidaste”, se escuchó. “¿Los has guardado? ¿Todavía crees en ellos?”.

Durante la infancia Elena mantuvo una ilusión: tres deseos y un hada que aparecería para hacerlos realidad.

Pero la ilusión se tornó desesperanza.

Sus tres deseos se fueron desvaneciendo poco a poco, al tiempo que fue gestando una existencia asfixiante, estrecha y solitaria.

Las veces que había apostado por algo mejor, la vida le había devuelto un nuevo fracaso.

Había dejado de confiar, de querer o dejarse querer, pero ahora…

Sus tres deseos…, aquella niña capaz de conservar tanta ilusión a pesar del dolor,… ¿qué quedaba de aquello?.

Al instante los recordó. Eran la esencia de su vida, la posibilidad de tener una existencia que mereciese la pena.

– “¿Te asustan?”, le preguntó el hada.

– “Quizá, no sé qué sería vivir de otro modo”.

La realidad es que no recordaba nada que le hubiera asustado tanto en su vida. Estaba tan segura con su monótona existencia…

– “Está bien. ¿Por dónde empezamos?”.

– “Por reír”, contestó el hada. “Si eres capaz de reír serás capaz de soñar, de encontrar en tu vida cosas que merezcan la pena. Sin alegría no hay deseos y yo no trabajo en condiciones en las que no vaya a haber resultados”, bromeó el hada.

Elena pensó un instante en su vida anterior e hizo esa primera apuesta.

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