-¿Qué tal te ha ido el día? -le pregunté a mi padre a sabiendas que le habían castigado en el colegio.

– Bien -me contestó cabizbajo, y para ocultar su mentira quiso huir a encerrarse a su habitación -¿Me puedo levantar ya? -me dijo estando ya de pie.

– Pero, papá, quédate un rato más con nosotros, dialoguemos en familia.- insistí. No hizo caso, como siempre, y corrió a confinarse a su cuarto a hacer Dios sabe que.

 

Mi jornada no había sido más sencilla que la suya. Dos horas de reunión con el prepotente departamento de comunicaciones habían colmado mi paciencia y destrozado mis nervios. Llevaba una época con mucha tensión acumulada, además mi padre estaba en esa periodo de cambio convirtiendo en un infierno la convivencia en nuestro hogar. A veces me gustaría volver a eses tiempos pretéritos, antes del Gran Cambio, cuando los niños no teníamos preocupaciones, y simplemente dedicábamos nuestro tiempo a jugar. Si los adultos se hubieran comportado correctamente, si no hubieran plagado la Tierra de guerras y enfermedades, Dios no habría intercambiado los papeles, y ahora yo, posiblemente, pasaría con mi bici por el parque en vez de estar pensando en el informe que mañana debo entregar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *