Cuando por fin bajé a la playa no me lo podía creer: donde antes estaba el Bar
Restaurante El Pescaíto de El Puerto había ahora una serie de individuos que, víctimas sin duda del odioso mundo happy hoy tan de moda, tras haber tomado unas posturas inverosímiles, invocaban a saber a qué dios para que viniera a alumbrarlos. Aún alucinado, me dejé caer en una butaca improvisada sobre la blanca arena de la playa y al instante me percaté de que estaba forrada con un saco de esparto que picaba como el demonio. Al menos, pensé, podré disfrutar de la inminente puesta del sol y de una cerveza fría. A pesar de estar al aire libre el olor a incienso era abrumador y la música chamánica se difundía desde un altavoz invisible. En un intento de suavizar la mueca que
se había cincelado en mi cara ante semejante escena –sin duda similar al gesto de terror que trata de escapársete en la plaza mientras se acerca el toro–, busqué invocar la otra amenazadora a la que tantas veces había recurrido con el fin de infundirle miedo al indomable animal; todo esto con el propósito de conseguir la atención del camarero para que viniera a atenderme lo antes posible. Este por fin se materializó delante de mí, sonriente como un niño de ocho años. Estaba descalzo, llevaba un pantalón corto, innumerables pulseras hippy y su escaso pelo largo había retrocedido a las orillas de los anchos surcos que el paso de los años había dejdao en su frente. Mientras aún observaba de reojo a los acróbatas de la orilla, le pregunté:
–¿Qué cervezas tienen?
–Imposible, José –me contestó–. Sabes bien que en este país solo se puede beber té.