Suena el móvil, ya tienen en el concesionario mi nuevo coche último modelo, merece la pena la larga espera, lo más en tecnología y de un color único. ” Un coche increíble” me dicen al otro lado de la línea. Esta tarde iré a por él. Cuelgo, debería sentirme contento o quizás afortunado, único, poderoso… pero no siento nada.
En esta nada contesto de nuevo, es de la oficina he conseguido el pedido por el que tanto hemos luchado, me han felicitado, me han ascendido, me han reconocido el esfuerzo. Cuelgo y me observo, debería sentirme importante o por lo menos satisfecho, gozoso pero no siento nada.
Y nada es lo que siento cuando mi padre llama para felicitarme, se lo agradezco y cuelgo. Miento si siento, me siento vacío, me siento mal por no sentir, debería sentirme orgulloso, henchido de gozo del reconocimiento paterno, debería sentirme feliz, si…. debería, pero no siento nada.
Mis emociones intactas, quietas, escondidas, quizás lo que deberíamos sentir es algo impuesto y sea una farsa y la realidad es otra, y las emociones no existen. Estoy harto de este vacío que llena mi existencia, y me sonrío… que pintoresco ¿llena?
Suena el teléfono y me cuentas que lo has conseguido que te marchas a vivir tu sueño y me invitas a compartirlo. Siento tu alegría y grito ¡Si!, si quiero, me creía sin sueño y ahora sé que es compartido y lo siento y me voy contigo.