Nota cómo una fría gota de sudor resbala por su espalda. Es él. La figura que está viendo delante de sus ojos, a escasos metros de donde se encuentra, es él mismo. Ve cómo ese holograma desciende suavemente en dirección al suelo de tierra, gracias a las alas blancas que amortiguan la caída. La fuerza que emana al descender está generando una fuerte radiación. La figura tapa su cara con la mano y llora… A cada cerdo le llega su San Martín, dicen.
¡Eh! ¡Tú!. ¿Me escuchas? –grita él, con la esperanza de conseguir saber qué ocurre exactamente.
No recibe respuesta. Él pasa la mano por su cabeza, e incurre en que no tiene el sombrero. Quizá lo ha levantado la radiación… Alrededor, el terreno es árido, yermo. Contrasta con la exuberancia, casi selvática, que ha estado presente en su vida en los últimos años. Será difícil vivir en este nuevo medio. Había visto cómo a muchos otros compañeros o amigos les había llegado la época de vacas flacas, pero nunca pensó que le podía tocar a él. Muchas personas a las que había ayudado le habían dicho que era su ángel de la guarda. Y esto siempre le había parecido paradójico, pues perfectamente sabía él que no era ningún ángel, ningún santo.
Repentinamente, se despierta sobresaltado. El sentimiento de alivio apenas florece medio segundo en su interior antes de marchitar, pues sabe que lo que acaba de presenciar no queda lejos. Es sólo cuestión de tiempo.