Papá dijo que nos colocásemos las seis, que nos iba a echar una foto. Con el mar de fondo, añadió sonriendo. Yo soy la que está en la posición del guerrero. Delante de mí está María, con la manita en la boca. Seguramente para sofocar la risa. María ya no está. Esta foto, echada en ese mar de plata, fue la última en la que ella sale. Papá sugirió que estaría bien que hiciésemos un poco el indio, que así recordaríamos luego la foto entre risas, en las tardes de domingo, comiendo el pastel de queso de mamá. Hoy mamá ha servido su pastel de queso y ha colocado una taza menos y no nos hemos reído mirando la foto. Pero yo, que me quedé para siempre en la posición del guerrero, he recordado que ese día el mar tenía un color mágico y que cuando paseamos después por la orilla, María dijo que nunca lo había visto tan bonito, que su oscuridad profunda le recordaba a aquellos espejos negros que utilizaban los artistas para curarse de la ceguera de mil soles.

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