En el suelo las hojas se arremolinan en grupos, formando montículos de un marrón rojizo, que la gente dispersa según entran por el parque hacia la plaza.
Un agudo pitido me saca de mi estado ausente, miro hacia el escenario donde está el joven de coleta aferrado al micrófono, lo suelta, relaja la expresión, y espera paciente a que el técnico toquitee unos cuantos botones de la mesa negra instalada al fondo.
Cuando el pitido deja de atronar la plaza el joven de coleta vuelve a su discurso salido de aulas universitarias, habla de igualdad de oportunidades y mejoras, de luchas por sociedades más justas. Hambriento de reconocimiento va elevando el tono de voz progresivamente, y ,como una causa-efecto, su estado, cada vez más cercano al trance, me escupe a la memoria la imagen de un predicador americano de los que alguna vez vi en televisión.
Gente aplaudiendo, jaleando, esperando un cambio mientras beben cerveza y comparten tabaco de liar.
Me levanto perezosamente del banco, siento cómo los huesos me estallan en los primeros movimientos del día, recojo la mochila semivacía a la que suelo llamar Viernes.
Salgo del parque, pensando dónde puedo conseguir un café hoy, cruzo entre dos chicas que desde fuera escuchan la charla sentadas en el suelo, se apartan ostensiblemente a mi paso, y una de las dos, casi en un acto reflejo, se lleva la mano a la nariz, haciéndome recordar que ya pasaron varias semanas desde la última ducha… mientras me alejo las palabras del joven se van haciendo cada vez más pequeñas, hasta que, casi en un susurro le escucho algo sobre solidaridad.