Allí estaba de nuevo. En aquella estúpida carrera de obstáculos. Todos los años se prometía que no volvería. Sabía que tenía un aspecto ridículo. Además. nunca ganaba nada. Pero allí estaba.

Luchaba contra corriente, intentando no derribar nada y aguantar el aire cuando de repente apareció majestuosa una enorme manta-raya.

Se deslizó a toda velocidad en dirección a Fermín y se plantó delante de él, cortándole el paso. -“No puede ser” pensó, mientras creía ver que la manta, sonriente, le guiñaba un ojo. Entonces, es un movimiento visto y no visto, la manta se colocó detrás de Fermín, lo impulsó hacia arriba y sin saber cómo se vio sentado encima de la manta, como si de un Aladín submarino sobre una alfombra mágica se tratara.

La manta se lanzó entonces a toda velocidad hacia la meta con Fermín sobre ella, entre incrédulo y maravillado por el viaje inesperado.

Ante la mirada atónita de los demás participantes, la extraña pareja cruzó la meta.

Había ganado. La manta dejó a Fermín bajar de su lomo y este de nuevo creyó ver una sonrisa en la extraña cara del animal. Entonces lo más extraordinario de todo ocurrió. La manta se acercó con delicadeza a Fermín y posó un beso sobre su mejilla.

Después, desapareció,

Parecía que el año siguiente tendría que volver. Aunque sólo fuera para dar las gracias a su nueva amiga. Dicen que siempre hay un tal para un cual… parecía que Fermín había encontrado un tal bajo el mar…

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