Fue el ultimo sacrificio. El que debería hacer que su madre volviera. El que no tenía fallo. Las luces rodearon a Susana y empezó la música. El viento dejó de soplar y ella comenzó la plegaria en voz baja. ‘Que vuelva. Os doy a Tina, la oveja que más quiero.’

De la nave empezó a caer la savia. Susana sintió que el pelo se le pegaba a la cabeza. Tina estaba quieta, respirando sin dificultad. Susana la dejó en el suelo y dio un paso atrás, rezando.

La savia envolvió al animal y comenzó a disolverlo. Susana no se inmutó. Era el sacrificio.

Su intento de cerrar los ojos consiguió que la música subiera de tono súbitamente. Sabía que era un aviso y miró al suelo. Tina era una masa agusanada de la que salía un poco de humo, como un suspiro.

La niña miró hacia arriba y el viento volvió. Dio unos pasos hacia adelante y pisó el ungüento sin notarlo. La nave dejó de emanar la salvia. Susana quiso usar la lluvia para quitársela de encima, pero la música volvió a tocar más fuerte. Otro aviso.

¿Dónde está? ¿La habéis traído?

La nave desapareció al primer tosido que salió de Susana. Se vio sola en el campo y sintió miedo. Antes de girar la cabeza aguantó la respiración. Vio a su padre volver a casa en el coche y corrió hacia él.

Desde la ventana de la sala una niña desnuda lo había visto todo.

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