Llovía como nunca. La tierra despedía un olor a barro viejo y húmedo que a Zacarías le penetraba por las fosas nasales de tal manera que le hizo empezar a estornudar violentamente.
La enfermera se le acercó con una taza de café en la mano.
–Le voy a abrir el toldo para que no se moje, ¿vale?
Él ignoró por completo el comentario regañino y fijó la vista en el fondo del jardín que hacía 15 minutos se había empezado a inundar.
Al día siguiente, mientras le hacían el desayuno, Zacarías se acercó a la ventana del salón. El jardinero y sus ayudantes estaban limpiando la tarta de lodo y hierbas que la lluvia había forjado por la noche. Y de repente vio la caja.
Estaba medio enterrada junto al ciprés que la abuela María plantó cuando murieron sus padres en un accidente de tráfico. Eran cosas de otra vida, de otra persona.
Zacarías había dejado de ser aquel niño que tocaba el violín como un virtuoso cuando ocurrió todo aquello. No entendió nunca que se le exigiera seguir tocando y embelleciendo el mundo después de semejante tragedia. Y María lo entendió perfectamente.
Sesenta años más tarde, su padre, su abuela, y la caja del violín salieron a relucir de mano de la naturaleza.
–Es hora– se dijo a sí mismo.
Mientras la enfermera buscaba a Zacarías él hacía tiempo que había dejado de estornudar para siempre.