– ¡No entres, Paula, ha habido una “catrástofe”! – chilló María a su niñera, en el momento en que ésta abría la puerta con intención de darle la merienda.

– ¿Qué ha pasado esta vez?

– ¡El sol se ha caído del cielo, ha matado a todos y sólo quedamos nosotras!

Paula se sonrió no sin cierta preocupación. Qué manía tenía la niña ésta con las catástrofes, cataclismos y muertes masivas. De un rápido vistazo a la habitación comprobó que todos los muñecos de María yacían en el suelo, con la cara atravesada por rayas de rotulador rojo: los estragos del astro rey al caer a la tierra. Bueno, al menos los efectos de la catástrofe no fueron tan devastadores como la tarde anterior, en que se había producido una nevada tan intensa e incomunicante que Paula empleó más de dos horas en limpiar bolitas de corcho blanco esparcidas por toda la habitación.

– ¡Vaya! –dijo tan sólo, evitando pisar una Barbie con el cuello dislocado. La verdad es que el cielo está muy gris; eso es que el sol se ha caído, sí…

– No he podido salvar a nadie –se lamentó María, haciendo un pucherito.

– Pero, ¿seguro que sólo quedamos nosotras? –dudó Paula al mirar por la ventana. Estoy viendo al corderito que nació el mes pasado pastando ahí fuera…

María pegó un brinco ante la feliz perspectiva de otro superviviente. Se colocó la mugrienta mascarilla que siempre llevaba consigo para evitar los gases tóxicos del exterior y salió a toda prisa para cumplir con su papel de heroína.

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