– “No tengo todavía nada que enviarte. Sé que se echa el plazo encima y que tú tienes multitud de presiones. Lo cierto es que no he encontrado ni una sola idea por la que tirar del hilo”. Estas son las últimas palabras que Juan intercambiaría con su agente. Había sido un trimestre muy complicado: su divorcio, aquella lesión en su rodilla que le mantuvo sujeto a una rehabilitación durante más de ocho semanas y un sin fin de cosas más. Recurrió más de una noche a tomar alguna droga alucinógena-inspiradora, pero todo había sido en vano.
Había que rendirse finalmente a una evidencia, aquel premio que ganó con aquellos cuentos un año antes, en realidad iban a ser un hecho aislado un “sonó la flauta por casualidad”. Tarde o temprano debería rendirse a la evidencia e intentar recuperar la persona soñadora y mediocre que había quedado recluida en algún recoveco de la carrera trepidante que vivió desde que se publicasen los cuentos. Pero iba a suceder algo extraordinario esa misma noche. Por alguna razón absolutamente incomprensible para Juan durante el sueño se materializó literalmente “otra” persona, otra mente, otra realidad. La sensación de auténtica presencia hacía indiscutible cualquier tipo de duda. Pudo sentir como poco a poco todas las cosas cobraban un nuevo sentido, los objetos, los colores. Se encontró de repente flotando, lleno de fuerza, sin miedo, todo le parecía ya posible. Estaba lleno de una sensación de libertad y poder totalmente nueva…
-“Es una pena, tan joven. Ayer mismo estuve hablando con él, es cierto que le presioné, ¿cómo pensar que le iban a encontrar muerto al día siguiente?”