Cuando sonó el despertador Isabel y Mario dormían desnudos y abrazados.
Mario se levantó, sigiloso, a oscuras, recogió su ropa, y tropezando con cada mueble en su camino llegó hasta a la cocina. Busco un bolígrafo y un papel, escribió la siguiente nota: “Me alegro de haberte conocido, ha sido estupendo”, la colocó debajo de un imán de la nevera y se marchó cerrando suavemente la puerta. Después, se dirigió hasta la Jefatura de Policía, fichó, y una vez en el vestuario se vistió con el uniforme; pantalones azules, chaqueta azul, botas negras, chaleco y un cinturón al que añadió una porra y unas esposas.
Isabel no tenía trabajo así que podía dormir hasta tarde. Se levantó a media mañana cuando el sol ya iluminaba la habitación. Se dio una ducha, preparó un café, cogió la nota de la nevera, la puso sobre la mesa y desayunó plácidamente mientras la contemplaba. Una vez hubo terminado, se vistió con vaqueros, camiseta blanca y zapatillas de deporte. Más tarde, cogió la pancarta en la que había escrito “Políticos corruptos no nos representan”, y se dirigió al centro de la ciudad.
En la manifestación Mario e Isabel se volvieron a encontrar, pero con tanto jaleo, él no la distinguió hasta que no apartó la porra de su cabeza.