Kopel se giró hacia el tercer palco. Unos ojos azules le miraron venenosos.

Las luces se atenuaron y Kopel apresó el violín flexionando sus dedos deformes. Entonces las notas de Johann Sebastian Bach se esparcieron entre las butacas y ascendieron hacia los palcos. Cuando llegaron al tercero, los ojos azules se cerraron crispados, para abrirse al momento con deleite.

La primera gota de sudor, mensajero del dolor, apareció enseguida. A pesar de ello, el arco siguió moviéndose sin vacilación.

El lamento del violín acabó y sobrevino el silencio, roto por una ovación ensordecedora. Bajo los ojos azules, unos dientes blancos rechinaron rabiosos.

Kopel abandonó el teatro por la puerta trasera. En la acera de enfrente unos ojos azules le esperaban. Se miraron. Kopel se subió la manga y acarició el número tatuado sobre su piel. Markus esperó, pero una vez más, nadie vino a detenerle. Y era así cada noche desde aquella lejana en la que Kopel había reconocido a su torturador entre el público.

“Sacaré la Luger”, pensaba Markus, acariciándola bajo el abrigo. Pero nunca era capaz, igual que no era capaz de dejar de acudir cada noche a aquel palco. “Intenté destruirte, judío, ¿a qué esperas para denunciarme?”

Pero Kopel se limitaba a acariciar el número tatuado y luego se giraba y se iba. Sabía que Markus acudiría cada noche. El dolor de sus manos destrozadas no era nada comparado con el odio que carcomía a aquella bestia. Alargaría la tortura hasta que el arco cayera de sus manos muertas.

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