Sobre el foso con cocodrilos una red oscilante mantiene cautivos a los exploradores.
– ¡Anaís, Ataulfo, voy a rescataros!
Salto sobre los obstáculos y demostrando una total despreocupación por mi vida me arrojo sobre la red.
Justo cuando mis pies abandonan la seguridad de la tierra firme, una mano cubierta de escamas me apresa por el cogote.
– ¡Luis, ¿cuántas veces te he dicho que no saltes sobre el sofá?
Es mi madre, la “frustra-misiones”.
– ¡Recoge esos muñecos y vístete!, hoy es la entrevista del colegio privado.
– ¡Uffff!
Veo pasar mi vida entera por el cristal de la ventanilla del coche mientras el edificio del colegio privado se agranda en el horizonte, como un castillo tenebroso en el que mis padres piensan internarme hasta los dieciocho.
Un director lánguido, de rostro cenizo, me somete a tal escrutinio que me siento igual que un raro ejemplar de mustélido en manos de un taxidermista. Levanta la pluma para firmar mi orden de ingreso igual que si fuera una daga a punto de atravesarme. De repente, me pregunta:
– ¿Cuál es tu mayor logro en la vida, jovencito?
A mis siete años, lo tengo claro:
– ¡Salvar a Anaís y Ataulfo de la prisión de un vampiro vegetariano!
El rostro de mis padres palidece. Carraspean, me dan un codazo y acto seguido explican entre balbuceos que Anaís y Ataulfo son mis juguetes favoritos.
Con tono escarchado, el director del centro contesta:
– Comprendo.
Si bien no tiene pinta de comprender nada. Minutos después salimos del colegio, mis padres compungidos, yo feliz pues tengo la impresión de que no me han aceptado. Levanto las manos al cielo con gesto de triunfo y veo romperse mis ataduras. Por una vez, Anaís y Ataulfo me han salvado a mí, en vez de yo a ellos.