Laura exhibía una sonrisa de oreja a oreja mientras descendía despreocupada por la escalinata que conducía hacia la playa. Se sentía exultante desde el día en que Bernard le había invitado a su refugio, una mansión situada en una isla privada que no figuraba en ningún mapa. Laura sentía que por fin su relación tomaba un rumbo seguro. No era que tuviera motivos para desconfiar. Al contrario, estaba viviendo su propio cuento de hadas. Bernard era divertido, considerado, buen conversador y por si fuera poco inmensamente rico, con propiedades por todo el planeta y una colección de obras de arte inigualable. Bernard solía decir en tono de humor que coleccionaba las obras mas bellas del mundo para ver si se le pegaba algo. Y es que era lo único que no poseía, era horriblemente feo.

Después de caminar unos cuantos pasos hacia la playa, Laura empezó a distinguir el conjunto de esculturas de las que Bernard tanto le había hablado y que él llamaba «sus cariátides». Se trataba de una hilera de esculturas femeninas en poses extravagantes sobre pequeños pedestales que llegaban hasta la orilla. Cuando se plantó delante de la primera imagen se quedó absorta contemplando la belleza de su rostro y la perfección con la que había sido ejecutada. Se fijó en que en el pedestal había un placa con un nombre y una fecha. Una por una, la contemplación de cada una de aquellas magníficas obras de arte no hizo sino reforzar su ánimo eufórico . Los últimos podios estaban vacíos aunque cada unos de ellos tenia su correspondiente placa grabada. Laurá dejó de sonreir de manera brusca cuando leyó su nombre en una de ellas. Se quedó inmóvil mirando fijamente a todas aquellas mujeres con una sensación de inquietud que tardó muy poco en convertirse en miedo.

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