No es una queja sino un manifiesto: soy una incomprendida. Siempre lo he sido y así será hasta que mis huesos se blanqueen bajo tierra.
Los prados del cuervo muerto
Kentucky
Junio de 2004
12:45 PM
12º C
Me encamino hacia la planta procesadora de Hitch y asociados, donde me pagan un salario más que decente por el estudio de los últimos avances en los mercados agrícolas y de la alimentación: alimentos precocinados, conservas vegetales, nuevos productos biosaludables y un largo etcétera. Un buen trabajo que no me interesa para nada.
Ustedes supondrán que llevo en mi regazo un tierno corderito para salvarlo de los agentes bacteriológicos, contaminantes radioactivos, nubes tóxicas, qué sé yo…… de cualquiera de las muchas barbaridades que los humanos de comienzos de siglo solemos infringir al medio ambiente. En fin, ese tipo de cosas. Pués se equivocan.
También supondrán que llevo el rostro protegido por una mascarilla para librarme de los efectos de la radioactividad, del ántrax, o de los gases tóxicos. Supondrán, igualmente, que mi mirada se dirige al cielo para evaluar el alcance del desastre. Continúan en el error.
No y no. Yo ni salvo corderitos ni los llevo a ningún laboratorio perverso. Llevo la mascarilla por el olor del abono que invade los campos de cultivo de Hitch y asociados, y el destino del corderito no es otro que una bandeja. Le unto con manteca y sal, y meto la bandeja en el horno de leña: a 200º C. Acompañar con ensalada de lechuga y cebolla y servir.