Ni el rictus de desagrado de Obama, ni el falso triunfalismo de Clinton hacían presagiar la tormenta que se acercaba.
En los previos al bochorno, mientras ojos y flashes se posaban en las estrellas políticas, una diminuta y frágil figura se apropió del último asiento que inexplicablemente aún quedaba libre.
Enjuto, de severo rostro y prominentes huesos, Marcial Pérez Maestre oteaba una y otra vez la sala, grabando en su cabeza la distribución de la habitación, puertas disponibles, escoltas…
Procesó todo con vertiginosa rapidez, esbozando una sonrisa que su vecino de silla identificó como una mueca de asco, nada extraño en esta época si se trata de mirar a un político. Ni tiempo tuvo el infeliz de salir de su error, pues Marcial, científico de reputada fama nacional y nulo éxito en América, sacó de su chaqueta el elixir, se precipitó sobre el escenario, y, antes de que cualquier fornido americano pudiera detenerle, roció al dúo político con su líquido. Segundos de conmoción y nervios, con el pobre Marcial aplastado ya por tres enrabietadas moles, tras los cuales Clinton y Obama, atropellándose mutuamente las palabras, empezaron a cantar tropelías, abusos, fraudes y demás canalladas cometidas, como si estuviesen recitando la tabla del cinco. Los periodistas grababan mientras sus ojos casi abandonaban las órbitas, estratosféricamente sorprendidos ante semejante arranque de sinceridad. Bajo la carne que lo sujetaba, Marcial reía a mandíbula batiente. El suero de la verdad funcionaba, y vaya si funcionaba…