Todo empezó a ser distinto hace unos años.Cambios sutiles, cuasi inapreciables, pequeñeces que iban tiñendo de gris cada momento, poco a poco,sin alarmas incendiarias. Y las prisas diarias y el correr de la ciudad, y el frenesí del calendario hicieron el resto, manteniéndolo distraído de tan ocupado.
La distancia creció como mala hierba entre nosotros, y no supe identificarla hasta que el desamor había hecho metástasis, y apenas nos tocábamos una vez por semana, con un poco de suerte.
¿Qué podía hacer? Esperarle cada día,desdibujando mi esperanza entre la ansiedad y el desamparo. La tristeza me iba ganado terreno, y el amor se replegó, sabedor que esto era más que una batalla perdida.
Yo lo adoraba sin exigencias, vibrando al simple roce de sus manos, sintiendo el calor de su cuerpo, que me hacia entender el complejo concepto de la vida. Me dejaba ser entre sus manos, y no sabía hacer otra cosa más que eso.
En la misma mesa de siempre sigo esperando mecánicamente que todo vuelva a ser como antes,que un día sus dedos vuelvan a hacerme parir esa música que llenó mis cuerdas de vida.