Se llamaba Saturnino, era alto, y serio como los inviernos. De lunes a sábado labraba, y los domingos, fiel a la tradición que guiaba los días desde que el los conocía, se encaminaba al pueblo a beber, embutido en su camisa blanca y aquel chaleco oscuro, del que pendía un reloj que siempre me pareció cansado. Muchos años después lo encontré agazapado en un cajón, más relajado y feliz de lo que lo recordaba.
A ella la llamaban Sandalia. Un rubio nórdico hacía contraste con aquella piel cetrina, extraño tándem en tierras extremeñas, y absurdo trío junto a su inseparable burra. Jamás recuerdo verla sin su animal. Bajaba en cata de provisiones, emulando a los campesinos de rodillas hincadas que retratara Delibes, reducto de pasadas épocas. Era brutalmente fea y áspera como el terreno baldío, pero su imagen emanaba tanta fuerza que no dejaba ver otra cosa.
Parió una hija, rubia y dura como ella. Era de mi abuelo, siempre lo supe. Me lo decían sus oscuros ojos de hombre, cada vez que la veía por el pueblo y la desarmaba con la mirada.
Yo me escapaba a la finca, para verla desde la valla… allí estaba, con su cabello rubio y su alergia al heno, cargando agua o borregos. Jamás cruzamos palabra, nos mirábamos largos ratos, encadenando eternos segundos que a cualquier adulto le habrían hecho enrojecer. Crecimos y ella se marchó una lluviosa mañana de Marzo. Jamás logré olvidar su imagen.