Miguel bostezó. No durmió mucho la noche anterior. Pasó la noche tratando de calmar a su madre, pero ella nunca dejó de llorar y Miguel estuvo seguro de que al final no la ayudó. Hacía meses que sabían que eso iba a ocurrir; empezó a pensar que cuando, por fin, fuera oficial sentirían alivio. Pero, se equivocó. Fue una tortura anoche, hablando con la mujer inconsolable que ya casi no reconoció como su madre. Ella ha cambiado tanto este año… bueno, todos lo han hecho.
Recordó sintiendose orgulloso… también… suerte, cuando empezó su trabajo como profesor de inglés en El Mirabal, una de las escuelas más exclusivas del país. Y que fácil era su trabajo con alumnos tan motivados y educados. Pero, ahora…vio las caras verdaderas tras los disfraces. Motivados, educados, no… privilegiados, elitistas, con la creencia sólida en que se merecían todo lo que tenían. En sus caras, vio el futuro: banqueros, políticos, directivos.
Hoy, no pudo. Estaba demasiado cansado.
¨Dadme los trabajos y empezad los exámenes. No es necesario hablar.¨
Corregía los papeles sin verlos, la conversación de anoche dandole vueltas en la cabeza. Paró. Fue increíble.
¨Sergio, Juan y Manu. Venid aquí. Los demás podáis iros.¨
Los tres se acercaron a su escritorio.
¨Chicos, vuestros deberes son idénticos. ¿Creéis que soy tonto? Es obvio que son de internet. Juan, no puedes tener éxito en tu vida usando el trabajo de otros.¨
El chico levantó una ceja. Y Miguel se dio cuenta, que claro, ellos sí podrían, de la misma manera que sus padres, que los ejecutivos indiferentes y que los banqueros que crearon la burbuja inmobiliaria y que estaban desahuciando la casa de su madre.
¨Y, nuestro castigo, profe?¨
¨Escribid cien veces …¨
Los chicos intercambiaron sonrisas astutas. Qué castigo más fácil…que patético…
¨En inglés, profe?¨
¨Sí, escribid cien veces ´No tengo permiso para crear burbujas.¨