Yo era feliz en mi mundo carente de amor, ya estaba acostumbrado; me costó toda una vida. Pero llegaste tú, con tu carita de niño bueno, hablando tan quedamente… con ese tartamudeo entrañable… E Iluminaste mi corazón de esperanza. ¡Por fin era importante para alguien! Y a tu lado conocí la felicidad… la familia, ¡la humanidad! Eras tan perfecto…
Pero aquella horrible madrugada, sobre la Gran Peña, esperándome… Ocurrió. De tu espalda flotaron dos especies de sábanas; ¡que resultaron ser alas! Y te elevaste por los aires como una nube. “¡Sorpresa!”, dijiste, radiante de gozo: “¡soy un ángel!”… ¡No podía ser!, ¡solo había bebido dos cubatas!, pero allí estabas; alzando los brazos esperando nosequé. ¡Mi novio era un puto ángel!, ¡una figura del belén! “¡Bravo menudo truco!”, dije incrédulo. Y respondiste lo evidente: “mírame, ¡tengo alas!”. “¡No puede ser!”, “¡No seas cabrón!”, fueron algunas de mis reacciones. Y tú predicándome las ventajas de un novio celestial… que si tu padre podría redimirme del alcohol, de haber robado (para comer), de ser hijo ilegítimo… Fueron demasiadas estupideces amor; pero seguiste, impertérrito, con tus sermones… Y exclamaste: “deberías agradecerme haberte conocido. Sin mí serías un miserable toda tu vida”. Convencido… ¡esperando hacer El Bien! ¡El Bien a este pobre desgraciado! Sentí que no me amabas… y chillé:
“¡Hijo de satanás puto simple!, ¡hazme un favor y muérete!”.
Y con una mueca de dolor caíste bajo mis pies. De tu rostro, estampado contra la arena, fluía un lago de sangre.