Algo se había roto esa mañana en la mente de Pion Gi.

 

Criada en Europa por una amorosa familia adoptiva, volvió a su país cargada de títulos e ilusiones para hacer algo por el sitio que la vio nacer y del que salió sin saberlo.

 

Después de tres años de desengaños, la gota que colmó el vaso fue el cobarde adiós de su compañero, que se separó de ella tras conseguir un buen cargo en el Partido.

 

Llegó a la escuela donde impartía clases a una panda de zoquetes en cuyas cabezas solo había sitio para dogmas y consignas, tenía una idea fija en su mente y una pistola de gran calibre que consiguió hacia un año, cuando empezó a sentir que sus ideales hacían peligrar su integridad física.

 

Cuando entro en la clase ya no hubo vuelta atrás, allí estaban las prepotentes caretas saludando con educación pero sin disimular su desprecio, la consideraban extranjera.

 

Ella saco el arma y la actitud de los alumnos cambió, vio por fin algo diferente en sus rostros aunque fuera el horror. Empezó a reírse como una loca y en el último segundo cambió de planes, se apoyó el cañón en la sien y sus sesos se desparramaron en una clase llena de chicos aterrorizados y llorosos.

 

Como hubiera disfrutado viendo por fin un atisbo de humanidad en aquellas caras que había imaginado destrozar una a una a tiro limpio.

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